7 nov. 2012

Una pequeña equivocación

Al primer juego de béisbol que fui en Boston llegué dos horas más temprano que la hora anunciada en el boleto que había comprado revendido el día anterior. Antes de llegar al estadio me compré tres pelotas y un marcador de esos de tinta indeleble entusiasmado con que en el peor de los casos al menos un jugador de los Medias Rojas de Boston o de las mantarrayas  de Tampa Bay me pudiese dedicar no más de tres segundos a firmarme una. Habían tres venezolanos convocados para el partido, de ellos al menos uno escuchándome hablar en su propio acento se dignaría a firmarme una de las pelotas. O quizás podía tener un golpe de suerte y conseguir una firma  de alguno de los astros de los RedSox  como Many Ramírez o David Ortiz. ¿Por qué no?
La pasión por el béisbol en la ciudad de Boston es gigantesca. El metro que funciona hasta las 12:00 AM tiene que quedarse abierto en caso de que el juego de ese día no haya terminado  y si esto es al final, al comienzo del juego antes de empezar se siente como el tráfico de carros aumenta en la ciudad por la gente de todo el estado Massachusetts  que viene a ver el partido. Si se quieren conseguir entradas lo más difícil es comprarlas en la taquilla del estadio, a menos que se quieran conseguir  para un juego dentro de cinco meses. Es decir, si se pregunta en abril se consiguen para septiembre, pero si se quiere ir al juego próximo no queda otra que comprar las entradas revendidas. Como premio de consolación está la opción de comprar la  visita guiada  al campo que se hace todas las tardes antes de los partidos, pero nada mejor para disfrutar del Fenway que viendo un juego de Béisbol.
Una de las cosas que más me gustan del Béisbol es su imprevisibilidad.  Cualquier pronóstico que se haga antes de un juego  o de una temporada es débil, y como los economistas los  comentaristas deportivos terminan explicando porque no pasó los que ellos decían que iba a pasar.  Hasta que no se haga el out 27 el juego no se termina. Así el equipo favorito que se suponía iba a quedar campeón de su división queda de último, y el novato que era mejor cambiarlo o despedirlo porque no bateaba termina partiendo la liga.  Solo fuerzas superpoderosas como la maldición  del bambino, aquella que le calló a los RedSox por vender al más que legendario Babe Ruth a los Yankees, son capaces de predecir el futuro y condenar a un equipo a no ganar la Serie Mundial por casi 100 años. Desde 1907 hasta 2004.
Llegué al estadio y el venezolano Tomás Pérez , quien pensé  iba a ser una de mis firmas seguras , no quiso acercarse. Miguel Cairo y Alex González , los otros dos venezolanos, no fueron al juego , y David Ortiz y Many Ramírez, ignoraron los gritos de los fanáticos. Solo el manager Terry Francona se acercó un rato a complacer a los asistentes. Como no conseguí su firma me acerqué  a un jugador de Boston que se veía cabizbajo y tenía cara de latino. Él si accedió cordialmente a firmarme la pelota. ¿Cómo te llamas? Le pregunte y me respondió Carlos Peña.
De las tres pelotas que había comprado las fui usando en los campos de béisbol del Boston Common. Una tras otra las fui desgastando hasta que me toco decidir si usaba o no aquella que me había firmado Carlos Peña. Como sus números no eran muy buenos, ya tenía más de 29 años y esa temporada había jugado muy pocos juegos , decidí usarla para el próximo partido informal con mis amigos. La siguiente vez que volví a saber de Carlos peña fue al año siguiente (2007) cuando quedó de segundo en Jonrones en la liga americana (46) esta vez jugando con el equipo de Tampa Bay.

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