30 ago. 2010

Crónica de una tarde en Harvard


Una de las cosas que más aprecio de la ciudad de Boston es esa capacidad que tiene para trasladarlo a uno a Europa a pesar de tener a un océano atravesado en el medio. Desde las orillas del charles river comienzan las abundantes calles y avenidas repletas de pequeños edificios al estilo victoriano que no han sufrido aun el paso del tiempo. Del otro lado del río se encuentra la prestigiosa Universidad de Harvard, una de las atracciones más visitadas de la ciudad.

La manera más fácil de acceder a la universidad es a través del metro, una vez subidas las escaleras mecánicas de la estación se comienzan a divisar los dormitorios que en algún momento hospedaron a personajes como John F Kennedy , Bill Gates o Barak Obama quienes además de aumentar el prestigio de la universidad se encargaron de cuadriplicar el precio de las residencias. Pasados estos empiezan a aparecer los pequeños edificios de también estilo victoriano en los cuales se ha enseñado desde hace más de 400 años. Los pequeños edificios se agrupan en forma de rectángulos reservando el espacio central para áreas verdes transitadas por turistas de todas partes del mundo.
Mientras iba recorriendo la universidad comenzaron a resucitar los recuerdos del curso de computación que tuve la oportunidad de hacer en esa institución en el verano del 2008. Entre las cosas que más me agradaron fue la entrega de los profesores y preparadores hacia el alumno, además de brindar impecables clases se encargaban de organizar suficientes talleres para responder cualquier tipo de duda, y si se les mandaba un correo lo respondían de inmediato no como en mi universidad en Venezuela en la que me canso de escuchar de parte de los profesores la misma respuesta : “estas seguro que escribiste la dirección bien porque en verdad a mi no me llego ”.
Luego de dar varias vueltas por la universidad, me conseguí con la imponente biblioteca de la que solo recuerdo un libro, una de las primeras biblias impresas por Gutemberg. Y no es que faltasen libros en aquel soberbio edificio sino que este cuenta con una cámara subterránea de gran tamaño en la que habitan millares de documentos escritos, de los cuales el estudiante tiene acceso a algunos de ellos a través de un catalogo.
Después de varias vueltas por el campus, me decidí a pasear por las calles comerciales de la ciudad universitaria para disfrutar del almuerzo. Se pueden divisar numerosos establecimientos de venta de comida , entre los cuales es agradable notar la ausencia de aquellas franquicias que envenenan a sus consumidores a muy bajo precio como Macdonalds , Wendys o Burger king. Después de haberme terminado mis deliciosos nachos me conseguí con una librería que no había visitado nunca, tenia un sótanos ofreciendo libros usados , como nuevos , buenos y a excelente precio. Me decidí por el Conde de Montecristo, costaba 3.75 $ , dudé un poco porque estaba en inglés pero era eso o esperar un milagro y conseguirlo en Caracas.
Para terminar la tarde de ayer , me senté en un café situado justo al frente de una de las entradas principales de la universidad , en la que se encontraba un músico deleitando a la gente con la deliciosa melodía producida por su guitarra española, esto combinado con el no tan delicioso café que estaba consumiendo y con el maravilloso panorama estancado en el tiempo que ofrece la universidad me hicieron sentir en Europa, sin embargo la imagen que estaba apunto de entrar en mi campo visual se encargo de recordarme lo contrario. Eran dos personas devorando un pote de Helado cada uno, de esos que en mi casa suelen durar una semana contando con cuatro comensales.

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